CRECER
Cuando era chica, el mundo a mi alrededor estaba minado de objetos y señales que definían lo que en ese entonces era el conjunto de seres a los que llamaba "los grandes". En mis divagues e ilusiones infantiles, consideraba que cuando creciera y fuera como ellos, probablemente accedería a ciertos elementos o conductas y las esperaba con naturalidad. Así fue que en mi lista de cosas que haría cuando llegara a la adultez entraron el cigarrillo, la cerveza, tal vez un Gancia o una copa de Legui de vez en cuando. Probablemente dormiría la siesta, sería dueña del control remoto y tendría una billetera rebosante.
Pero para confirmar lo que un horóscopo predijo desde mi nacimiento, tomé ciertos caminos alejados de aquellos "estándares" que mi imaginación había creado. Vomité por probar el cigarrillo, demoré 45 minutos para tomar mi primer vaso de cerveza (caliente y obligada), preferí desde muy temprano un libro a un televisor, y al terminar la secundaria sacrifiqué los beneficios de una billetera más o menos rellena a cambio de un proyecto a largo plazo.
Probablemente, mi niña interior se haya sentido un tanto confundida durante todos estos años, donde me dediqué a frustrar (acertadamente, creo) sus expectativas infantiles de crecimiento. Pero hace unos pocos días, la sentí resurgir sonriente y triunfante ante un hecho inesperado: al abrir la heladera la vimos, ahí estaba, enfrascada, fresca, brillante, esperándonos. Esa misma que de pequeñas siempre habíamos rechazado y que ahora se nos presentaba como una tentación irresistible. Nos dejamos llevar, con ansiedad y placer abrimos el frasco. La probamos, después de tantos años (de tantas veces de postergarla, de preferir cualquier otra), y nos deleitamos ante el primer contacto de su delicioso sabor y su magnífica textura con nuestro paladar.
Ahora sí, podemos anunciar a viva voz que crecimos y por fin tenemos una clara muestra de haberlo hecho. Antes la mermelada de naranja era de papá.
1 de diciembre de 2009
19 de noviembre de 2009
AMARRAS
Empezar por la cordura. Poder por fin tirar la cordura a ese tacho repleto de papeles y borrillo. Hacerla un bollo o romperla en pedacitos, como si se destruyera el primer contrato amoroso: dos nombres, el corazón que los rodea y una flecha atravesándolos.
Destrozar la cordura y despojarse unos minutos de las buenas costumbres, el respeto sin merecimiento, los rituales mecánicos del buenos días/buenas tardes/buenas noches.
Dejar de ser por unos breves instantes aquello que se espera de mí, decepcionar a los que me pretenden pulcra, correcta, siempre bien erguida, con la predisposición brotando de mis poros.
Romper de una vez con los esquemas, los deberes, las imposiciones, lo correcto.
Y entonces, solamente entonces, poder por fin enviarlos a todos a la promiscua madre que los trajo al mundo.
Por último, con total esmero y paciencia, recoger uno a uno los trocitos de papel y unirlos prolijamente sin rastros, sin secuelas (sonriente, complacida, realizada).
Va por Ro, que casual y sincrónicamente, me trajo a la mente una canción vieja conocida.
El tic no alcanza a tac
10:40 p. m.
4
que lo dijeron mejor
¡Orden en la sala! Cuentos al ir dormir, Locura de Locuras
5 de noviembre de 2009
NEGOCIACIÓN
Me gusta especialmente un lunar en el mundo.
Me gusta el lugar de ese lunar, y es tanto lo que me colma que caigo en la inevitable tentación de querer adquirirlo, poseerlo, hacerlo tan mío como sea posible. Pretendo comprarme ese lote de cielo, de suelo, de piel y comienzo una negociación tímida, disimulada, con sonrojos. Ofrezco mis mejores artimañas, mis más trabajados logros, mis más osadas propuestas y me embarco en créditos a largo plazo colmados de intereses que anhelo comunes.
Ignorando aún si es mío, disfruto especialmente de un lunar en el mundo, sin que los brazos simulen rejas, sin que las paredes transmitan encierro. Me sumerjo en el hueco que rodea a mi pequeño tesoro de pigmentos e imagino estar en un lago que esconde en sus profundidades una única piedra, marrón y ovalada. Abrazada a su orilla me duermo por fin. La claridad de la mañana entreabre mis párpados y un beso definitivo sella el proceso contractual.
El tic no alcanza a tac
10:26 p. m.
7
que lo dijeron mejor
¡Orden en la sala! Abracada... Bla bla..., Cuentos al ir dormir, M: La vida en Par
27 de mayo de 2009
BALAS
Afuera hay tiros. Sé que la avenida es casi una muralla que divide aquel mundo de los disparos de este mundo en el que habito. Una muralla que sin embargo no impide que pueda escucharlos.
Los disparos accionan mi miedo. Me atrinchero en mí, buscando refugio dentro del refugio, de este lado del mundo.
Al mismo tiempo, empiezo a ser el otro lado para alguien que está afuera, que está lejos, que está mucho más allá de la avenida. Alguien está escuchando tiros en este lado del mundo, en mi lado del mundo. Los disparos accionan su miedo. Y aunque sabe que no pueden alcanzarlo, busca refugio dentro del refugio, en su lado del mundo.
Adentro hay tiros. Afuera también. La distancia. Una avenida. Balas invisibles. Un mundo partido en mil pedazos.
... si nada me conmueve, ni los tiroteos de mis amantes. (PR)
El tic no alcanza a tac
12:37 p. m.
9
que lo dijeron mejor
¡Orden en la sala! Cuentos al ir dormir



